Podría desaparecer, esfumarme sin más y dejar que el tiempo lo borre todo.
A veces, el tiempo pasa a nuestro lado y nos dedicamos simplemente a mirarlo mientras lo hace, inmóviles, embobados, abstraídos por todo lo que contiene.
Y ya no hay nada.
No mires atrás, ya no está, y por mucho que busques no vas a encontrarlo.
Sólo hay una dirección, y el alba de esta mañana no volverá a aparecer en tu ventana. Quizás venga una mejor, o, quizás, se despierte nublado y no puedas verla, o el cansancio te pueda y no llegues a tiempo de contemplarla.
Y lo mismo pasa con las lágrimas que mojan tu cara, el dolor de cabeza de mediodía, el semáforo en rojo a las tres en punto o la sonrisa que se encontró contigo aquella noche en el bar de la esquina, ya sabes que no volverán.
Ayer caminé, sin rumbo, cabizbajo, hasta que me sentí cansado. Cuando levanté la cabeza me di cuenta de que había llegado a un lugar desconocido. Todo a mi alrededor era agradable, y me sentía bien. Cuando me decidí a volver no encontré el camino de vuelta. Alcé la vista y encontré, a mi lado, como siempre lo había estado, el tiempo. Ya no gasté mis fuerzas en encontrar el alba de ayer, ni las lágrimas que mojaron mi cara, ni el dolor de cabeza de mediodía…ni siquiera la sonrisa de aquella noche en el bar de la esquina… Miré al cielo para contemplar el sol, me olvidé de mi dolor de cabeza, y busqué otra sonrisa entre la gente, y, sin darme cuenta, todo se borró solo.
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